“Él”

Aviso: si te escandalizas con facilidad, mejor no leas ésto. Si vives en el mundo de la piruleta donde las cosas malas no le pasan a la gente “normal”, no leas ésto. Si te molestan las palabrotas, no leas ésto.

Y si detectas algún error en cuanto a manejo de armas, la culpa es de google y youtube.

 

El sabor de la sangre en su boca fue lo primero que notó. Intentó escupir, pero la mordaza que tenía en su boca se lo impidió. Después recibió el olor a plástico y a goma quemada, y poco después un dolor terrible en la mano izquierda seguido de otro dolor sordo en la frente.

Al abrir los ojos, aún con los ojos empañados, se encontró de frente con el dibujo de la tapicería de un coche y varios trozos de cristal. Y al alzar un poco la cabeza vio la ventanilla de un coche rota.

Y recordó de pronto los golpes con las puertas del coche, la sirena ¿de policía? que oía un poco lejos, su manos atadas a la espalda, derrapes, vueltas y un fuerte golpe que lo dejó inconsciente. Recordaba que eso sucedía cuando estaba ya anocheciendo y ahora no había ni una luz.

Sus manos ya no estaban atadas así que intentó incorporarse y se vió la mano izquierda, con los dedos meñique y anular doblados de una manera algo extraña, y dolorosa. También vio las marcas en sus muñecas de la brida que sujetaba sus manos, y medio escondida encontró la brida rota, supuso que por el golpe.

Estaba en el asiento trasero de un coche, un Seat, según el logotipo del volante. La puerta del conductor estaba abierta y había un pequeño reguero de sangre saliendo del coche. Al mirar hacia atrás vió un coche estrellado, con sirenas, y el letrero de “Guardia Civil” en medio de las dos luces azules, que todavía estaban encendidas, girando, intermitentes. PArecía que había alguien dentro.

El dolor en la mano izquierda era terrible, pero lo peor era el atontamiento que tenía y el asqueroso sabor a sangre de su boca. Más bien que mal consiguió bajarse la mordaza y escupió un calcetín ensangrentado que tenía en su boca junto con un diente que se había clavado en él. Con razón había sangre, pues cuando paso la lengua por sus dientes vio que le faltaba un colmillo.

Con cuidado abrió la puerta derecha y salió despacio del coche, apoyándose con cuidado y protegiendo su mano izquierda. Parecía que el dolor era un poco menos si la mantenía en cabestrillo; en cuanto la bajaba un poco le recorría una punzada de dolor desde la mano hasta la mandíbula, y le obligaba a apretar los dientes.

Al respirar un poco de aire fresco el atontamiento iba pasando, pero no el dolor de cabeza. Despacio, apoyándose en los coches fue hacia el coche de la Guardia Civil: había dos personas; una de ellas tenía el volante clavado en el estómago y la boca ensangrentada; la otra tenía un golpe muy feo en la frente, pero parecía respirar poco a poco.

No habían saltado los airbags. No sabía si el coche no tenía o era por el escaso mantenimiento de los coches, con tantos recortes era un milagro que los coches siguieran circulando.

Metió la mano por la ventanilla del pasajero y tocó con cuidado el cuello del agente, notando su pulso. Estaba vivo. Con cuidado, intentando no tropezar fue hacia la puerta del conductor e hizo lo mismo con el otro agente; también estaba vivo pero con muy poco pulso.

Respiró profundamente y recordó que él seguía allí, o muy cerca. El mismo que le había golpeado, maniatado y metido en el asiento trasero de un coche. También era el mismo que le había obligado a mirar mientras usaba un cuchillo con su hija y hacía algo peor con su esposa, esa misma mañana, hacía un rato.

Abrió la puerta del conductor del coche de la guardia civil y rebuscó en el cinturón del agente hasta encontrar la cartuchera con su arma y la sacó con cuidado. Era un trozo de metal algo pesado. Siempre había creído que las armas eran ligeras, como en las películas, pero aquello era un trozo de hierro que pesaba lo suyo si lo mantenía en alto.

No se sentía muy seguro porque nunca había manejado un arma. Las escopetas de aire comprimido suponía que no contarían como arma, aunque quizaś los pájaros y las ranas no opinasen lo mismo.

Recordaba algo sobre el seguro y la munición así que buscó palanquitas y botones y comenzó a pulsarlos uno a uno. El primero hizo que se cayera el cargador al suelo. Lo recogió, lo volvió a meter en la empuñadura del arma hasta el final y oyó un click.

En las películas también recordaba que echaban hacia atrás la parte de arriba de la pistola así que con la dolorida mano izquierda tiró con fuerza y desplazó la parte de arriba del arma, y al llevarla de nuevo con cuidado hacia adelante oyó otro click.

La última palanquita debía ser el seguro, pero lo dejó puesto, no era cuestión de volarse un pie, o la cabeza.

Se le iba despejando la cabeza y podía comenzar a pensar. “Él” estaba por allí e iba a escaparse, pero estaba herido y no podría ir muy lejos. El rastro de sangre era débil, unas gotas, pero continuo. Había muy poca luz, pero algo de luna, y eso permitía ver si se ponía cuidado.

Comenzó a buscar las gotas de sangre, despacio, y poniendo atención a los ruidos. Seguían un camino casi recto entre la hierba. La sangre casi brillaba con la escasa luz de la luna.

Se oía el gorjeo de un río, no demasiado lejos. Y también se veía una forma, a unos 300 metros. Unas piedras amontonadas, que parecían restos de algo; quizás un viejo molino, o un lavadero.

Caminó despacio, intentando hacer poco ruido. Las gotas de sangre escaseaban, pero se dirigían hacia el montón de piedras que_quizás_fuesen_un_viejo_molino. Siguió el rastro.

Al llegar se dió cuenta de que era como una vieja casa de piedra. Tenía un poco de techo, de viejas tejas curvas, pero medio hundido, y había un hueco que debía ser la puerta.

Un pequeño charco de sangre brillaba en el suelo de la puerta. Era muy probable que “él” estuviese dentro.

Con cuidado pasó el arma por la puerta y él fue detrás, apuntando delante. Y lo vio.

Ahí estaba “él”, sentado en el suelo y apoyándose en la pared. Con su mano izquierda se sujetaba el cuello. Con su mano derecha sujetaba un cuchillo de carnicero, gigante, y afilado; era el mismo cuchillo que había rebanado la garganta de su esposa esa mañana.

“Él” abrió los ojos y le vio en la entrada empuñando el arma y apuntándole. Tenía una sonrisilla en la cara, como de burla, y habló.

  • Podrías ayudarme, ¿no? busca un trapo o algo, que tengo una herida muy fea.

Apretó los dientes y tiró del gatillo del arma, pero estaba duro como una piedra.

¡El seguro! Se había olvidado de la palanquita.

“Él” vio sus intenciones y comenzó a levantarse empuñando el cuchillo.

Casi no le dio tiempo a quitar el seguro, fue todo uno, movió la palanquita, tiró del gatillo y se escuchó una detonación y casi se le cae el arma de las manos.

  • ¡Hijo de puta! – gritó “él” mientras caía al suelo doblando una rodilla.

Estaba apuntando al suelo cuando disparó, ya fue casualidad que la bala le volase la rodilla.

Olía un poco a hueso quemado, como en la consulta de un dentista, y a humo, a humo de petardo. Le hacía picar un poco la nariz.

  • Pedazo de cabrón! Estoy herido, llama a una ambulancia – dijo “él” tirado en el suelo, todavía con el cuchillo en la mano.

Apuntó con su arma otra vez, al cuchillo, y agarrando la pistola con fuerza tiró del gatillo otra vez, y falló. Volvió a disparar y esta vez sí, una bala le atravesó la mano a “él”, que soltó el cuchillo.

  • Me cago en todos tus muertos cabrón! ¿Vas a matarme o qué? Hijo de las mil putas, esto duele de cojones! – dijo él con lágrimas en los ojos. Y poco a poco se iba arrastrando hasta la pared, y seguía sujetando la herida su cuello.

En algún sitio había leído que si te cortaban la yugular durabas minutos, pero este tío parecía duro. Su herida del cuello seguía goteando y “él” seguía maldiciendo.

  • ¿Por qué lo hiciste, cabrón? – le preguntó mientras todavía le apuntaba con su arma – ¿Quién coño eres?

“Él” enseñó una sonrisa. No era diabólica, no, era algo más, era la sonrisa de una alimaña, que parecía estar recreándose en algún momento divertido.

No dijo nada, solo reía entre dientes y le miraba. Poco a poco esa risa se convirtió en una risa completa, de locura, con estertores, y con una ataque de tos. “Él” lloraba de la risa.

  • Me gustó mucho tu putita, ¿sabes? – dijo, todavía entre risas – me gustó un huevo correrme en su culo mientras le cortaba el cuello. Todavía me escuece de lo apretado que estaba su culito. Pringao! Imbécil!

Se quedó paralizado al oir aquello, pero le duró poco. Con todas sus fuerzas le lanzó una patada en la boca y la cabeza de “él” golpeó la pared.

“Él” escupió sangre y algo blanco que debían ser dientes, pero no se calló.

  • La niña… casi me meo del descojone cuando su cabeza hizo “clonk”. ¿Te acuerdas, pedazo de mierda? ¿Recuerdas cómo la agarré de las patitas y la golpeé contra la pared? Ya estaba muerta cuando la rebané. Fue una pena porque yo no me follo muertos, solo me corro en ellos.

La imagen de su hija le vino a la mente, gritando, un solo grito (“papi!”) y el ruido sordo de su cabeza en la pared. Y él impotente atado en una silla, amordazado, llorando, con su corazón a punto de estallar.

Y su esposa, cuando “él” la puso a cuatro patas y como una bestia la penetró… sus gritos, de dolor, y la música a todo volumen tapando todo el ruido. El olor a sangre, las lágrimas cayendo por sus mejillas, el cuchillo.

No pudo aguantar más, volvió a apuntar su arma.

  • Capullo! Nenaza! Te crees especial o qué? Tus putas no valían nada, eran solo dos más, dos zorras más para jugar. Imbécil! Cagao! Te gustó mirar? Se te puso dura?

Disparó una vez, y le voló los cojones. Estaba a medio metro así que no podía fallar.

  • ¡Me cago en tu puta madreeeee!

Disparó otra vez, y otra, y otra, 4, 5.. 9, 10 y ya no salió nada más del arma.

Le dolía la mano y tenía un moratón; estaba jadeando, llorando, sudando.

Y la mala bestia estaba apoyada en la pared, con el cuerpo lleno de manchas rojas, de agujeros, pero seguía gruñendo.

Buscó a su alrededor y encontró una piedra grande. Era pesada, y tuvo que usar todas sus fuerzas para levantarla y aplastarle la cabeza a la mala bestia.

Sonó un crujido, pero le dio igual, volvió a levantarla y otra vez la aplastó sobre su cabeza, y otra y otra, hasta que ya, cansado, se dejó caer al suelo.

La cabeza de “él” era una masa de huesos, sangre y pelo. Estaba quieto, ya no hablaba por fin.

Se levantó poco a poco y vio que su ropa estaba llena de sangre, así que se desnudó y se quedó solo en calzoncillos. Recogió el arma y la ropa y salió del “molino”, yendo hacia el río.

Primero lanzó el arma bien lejos al fondo del río. Luego envolvió la ropa en una piedra y las lanzó todo lo lejos que pudo también. Después se lavó las manos.

Caminó poco a poco de vuelta a los coches, con las piedrecitas pinchándole los pies descalzos, e iba llorando.

Al llegar a los coches recogió el calcetín del asiento trasero del Seat y se lo metió en la boca, y se subió el pañuelo de su mordaza. Se tumbó en el asiento trasero del coche y dejó sus manos a la espalda.

Cerró los ojos mientras escuchaba sirenas a lo lejos, y se durmió.

Llorando.

 

Lo primero es lo primero

Has contado cinco. No. Seis. Seis seres rabiosos que chasquean los dientes y se arrastran por la moqueta empapada en sangre de la oficina. Deambulan levantando la cabeza como si olisqueasen, aunque sabes que no hay aire implicado, no respiran; y lo sabes porque hace escasos diez minutos escapaste de un mordisco de uno de ellos y no te sirvió de mucho sujetarlo por el cuello e intentar estrangularlo.

Son torpes y se mueven despacio. Tropiezan, se caen, se levantan como niños aprendiendo a andar, y se vuelven a caer. Se arrastran aunque les falten las piernas o medio cuerpo, como la cosa que encontraste en el taller hace una hora y que casi te arranca una pierna. Tuviste suerte de que al “eso” se le hubieran quedado enganchadas las costillas en una rejilla del suelo. No tienen manos, son tenazas que se cierran y no sueltan hasta que les aplastas la cabeza y los dejas convertidos en una masa sanguinolenta de pelos, trozos de hueso y lo que quiera que hubiera dentro de la cabeza.

Y ahora estás encerrado y a oscuras en el archivo. Una puerta de madera y un pequeño cristal es toda tu protección. No resistirás si entran en tromba. Ya lo has visto. Parece que notan cuando hay alguien vivo cerca y se lanzan furiosos. Dudas que tengan buena vista porque esos ojos están blancos, vidriosos, como los de esas estatuas que no tienen iris ni pupilas. Oler ya sabes que no huelen así que debe ser algo más. Sí oyen porque cualquier ruido les hace saltar como resortes y giran la cabeza con la velocidad de un látigo.

Quietecito y calladito, respirando despacio, esperando que se alejen. Y lo van haciendo, poco a poco, tropezando y cayendo, levantándose, yendo en grupo como una jauría de perros salvajes, buscando algo que morder.

Muerden, arrancan carne, pelo, ropa y lo que encuentren, y siguen mordiendo y arrancando hasta que la presa muere. Pero no les has visto comer. Solo has visto cómo sus bocas se empapan de sangre, cómo arrancan extremidades con sus manos hasta que la víctima deja de moverse. Y después se van a buscar más.

Son como una plaga de langostas. Llegan en tromba, destrozan y siguen su camino. Si localizan a una presa van en grupo, descuartizan al o la pobre individuo/a y van a por el siguiente.

Y lo peor es que muchas de las presas recién muertas se levantan. Das fe de ello pues hasta las 5:30 de la madrugada el taller estaba lleno de personas, unos preparándose para acabar el turno y otros comenzando. A las 6 y un poco más la relación ya era de 50/50. A las 6 y media no quedaba nadie medianamente vivo en el taller, y entonces comenzaron a subir a las oficinas.

Fue providencial que tus intestinos recién cargados de café de máquina te llevasen a toda prisa al lavabo, aunque la verdad no pudiste estar tranquilo escuchando los gritos lejanos que superaban incluso el de las máquinas más ruidosas.

Prefieres no pensar en ello porque bastante suerte has tenido de poder bajar al campo de batalla del taller y subir más o menos ileso para esconderte valientemente en el archivo. Bueno, valientemente aprovechando que se estaban merendando a Fernando, el jefe de turno y a gatas, todo lo silenciosamente que pudiste, abriste la puerta y te escondiste dentro.

Son las 7 ya. En hora y media solo quedas vivo tú, o eso crees porque ya no escuchas gritos y parece que se van esas cosas.

Silencio. Las máquinas se han parado también. Solo se escucha un leve arrastrar de pies, de muchos pies, pero parece lejano. Al menos no hay nada a la vista. Sigues escuchando atentamente mientras el arrastrar se desvanece. Esperas, un poco más.

Con cuidado abres la puerta y sacas la cabeza mirando a uno y otro lado, buscando algún signo de… de vida no, de dientes o garras. Vacío, nada, solo mesas volcadas, monitores de ordenador por los suelos, alguien con un extintor empotrado en la cabeza (minifalda, tacones, camiseta de tirantes, restos de pelo rojo… en algún momento eso fue Pili, la comercial, una verdadera lástima). Ni rastro de los mordedores.

Sigilosamente, con la habilidad de un felino entrenado por los Navy Seals, intentando hacer el menor ruido posible echas a andar por el pasillo. Poco a poco, escuchando a cada paso, mirando en derredor, palpando con cuidado la pared para no tropezar y caerte llegas a tu objetivo: el baño.

Habrá comenzado el apocalipsis zombie pero lo primero es lo primero.

 

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¿Qué es esa luz al final del túnel?

La semana pasada nos enteramos de esta broma cruel: CCOO ve la luz al final del túnel

Desde la Coordinadora de Informática de CGT se rebatió con esto: La luz en el túnel del Convenio TIC es un tren que se aproxima

Y lo que mi desgastado cerebro interpretó es lo que sigue…

 

Qué oscuro está todo esto. Y huele mal. Lo malo es que no sé si soy yo o es este cuartucho. Algo huele mal y no sé de dónde viene ese olor. Sólo sé que cada vez que Berni abre la boca huele peor.

No sé si es de noche o de día. No recuerdo la última vez que comí algo fresco; esas rebanadas de pan duro que nos dan, seguidas de una patada en la boca, no alimentan mucho. No sé qué habrá sido de mi familia. Llevo tanto tiempo aquí que seguro que mi mujer se ha vuelto a casar y mis hijos tendrán un nuevo padre.

Berni sí que come bien. Garbanzos, carne, fruta, hasta un flan, ¡le han dado un flan!

Me dice que no me preocupe, que todo está mejorando, como fue mejor para Paquito, Antoñito y Susi, que salieron de esto y ahora viven felices en otra habitación.

Le escucho absorto mientras me rasco la herida que las argollas me hacen en los tobillos y casi le creo. Berni no las lleva porque es “de confianza”. Hago mi trabajo y sigo remando. Dice Berni que remamos todos juntos para llegar a algún lugar mejor y que ya no nos volverán a echar esos cubos de agua helada nunca más.

Mientras Berni mordisquea un hueso de pollo dice entre dientes que ha hablado con “ellos” y que ya se puede ver la luz al final del túnel, que solo tengo que fijarme bien, entornar los ojos y tener fe.

Y tiene razón, se abre la puerta y nos quitan los grilletes. Por fin mis tobillos descansan un poquito.

Nos empujan por un oscuro y largo pasillo. Nos golpean, nos echan más agua fría. Pero sí, hay una pequeña luz al final del túnel, puedo verla.

A trompicones, mientras nos dan patadas en las costillas y nos estampan la cara en las paredes vamos todos juntos por ese pasillo que cada vez tiene más luz. Berni sonríe confiado y nos dice “¿veis? ¡ahí está la luz! ¡Corred, corred! Yo os llevo hasta la luz”.

Y llegamos a la luz, llegamos a la salida, llegamos a ¿una plataforma?

Berni sonríe mientras tira de una palanca, el suelo se inclina y caemos todos (menos Berni) en una picadora de carne.

Lo último que veo mientras caigo y las cuchillas desgarran mi carne es a Berni abrazándose a un señor con traje y firmando el XVII Convenio TIC.

 

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La técnica del pastoreo de zombis

 

Informe preliminar.

12/04 Año 23 post-holocausto

 

La técnica del pastoreo fue desarrollada bien al principio del año 1 tras el holocausto, en un intento de mejorar la convivencia entre los seres humanos (homo sapiens sapiens) y los zombis (homo resurrectio).

Como buena parte de los inventos básicos de la humanidad (el fuego, la rueda, quemar sustancias para drogarse…) no se puede establecer un lugar de origen concreto y menos un inventor propiamente dicho. Parece ser que fue apareciendo en varios puntos de la geografía del planeta a la vez y en cada lugar ha adquirido unas características propias del ambiente y/o las costumbres de los supervivientes.

De todas formas casi existe un consenso absoluto entre la comunidad científica (los 10 que todavía sobrevivimos) de que, debido al tipo de herramienta utilizado en la técnica (un palo), pueda haber sido originado en lo que en su día fue España, o más bien en algún lugar de la península ibérica.

De hecho en la península ibérica se practica todavía en su forma más pura: usando un palo de entre 1,50 y 2 m de largo. Las variaciones en el resto del mundo incluyen el rastrillo japonés (que permite manejar a varios no-del-todo-muertos, incrementando la eficiencia), el estilo francés (se incluye una hoz en un extremo), el ruso (el palo es en sí un lanzallamas y realmente no se trata de pastorear…) y, el más extendido, el norteamericano (con sus diversas variantes de palo-misil-napalm, palo-ametralladora, palo-bomba-de-un-megatón-lanzada-desde-gran-altura).

Hay que reconocer la eficacia de los sistemas japonés e ibérico ya que han conseguido mantener casi intactas ciudades y granjas, mientras que el sistema norteamericano está conduciendo a que la tierra antes conocida como Estados Unidos de América comience a llamarse ahora El Yermo del Norte.

El objetivo de la técnica es confinar a los elementos no-muertos en un espacio limitado y seguro para los vivos, donde no puedan llevar a cabo sus técnicas de morder, desgarrar y desmembrar. El pastoreo termina con el confinamiento; después las técnicas varían, normalmente dependiendo del sadismo del grupo que pastorea e incluyen fuego, apisonadoras, desprendimientos de rocas y, en algunos casos y con muy malos resultados, dinamita.

Hemos de advertir que el sistema de eliminación mediante dinamita, inventado en la zona norte de la cordillera cantábrica no se recomienda en ningún caso ya que en el 100% de los casos se han detectado casos de zombis-voladores que todavía siguen mordiendo y desgarrando. Actualmente sabemos que se utiliza en rituales de iniciación, normalmente del paso a la madurez para infantes de entre 12 y 16 años, y, en ciertos casos, y según testimonios recogidos en el lugar, “se hace por joder y para echarse unas risas”.

La técnica sólo se considera 100% efectiva con homos resurrectio de tipo “reciente”, es decir, con menos de 4 semanas desde su renacimiento (todavía buscamos una palabra para expresar la vuelta al movimiento y se está convirtiendo en una tarea ardua ya que hay escasez de lingüistas vivos). La razón es simple: pasadas cuatro semanas el cuerpo muerto-vivo está tan podrido que cualquier golpe o presión más o menos fuerte puede romper el cuerpo poniendo en peligro al ejecutante.

La variante más utilizada es la del grupo pastor-vigilantes: uno pastorea y el resto miran. Esta es otra característica que nos inclina a pensar que ha sido originado en la península ibérica.

El entorno ideal son pasillos y/o calles estrechas por donde no puedan caber a la vez más de 4 no-muertos. Se evita de esta forma el efecto tromba que pone en verdadero peligro al ejecutante (es bien conocido que, por mucha experiencia que se tenga, la adrenalina y el stress pueden conducir a errores fatales y los obstáculos en el camino pueden provocar caídas no deseadas).

Estos “conductos” o “cañadas para zombis” deberían conducir a un espacio de confinamiento que, además, permita huir con facilidad al pastor. Un hueco de ascensor, un pozo, una plaza de toros o un acantilado son buenos lugares. Hay que advertir que si se usa como destino final un acantilado debería ser lo suficientemente alto como para que la caída destroce la cabeza del no-muerto. Se han dado casos en los que habitantes de ciudades costeras usan pequeños acantilados, los zombis van a parar al agua y días después reaparecen en otros puntos cercanos de la geografía.

Se ha de seleccionar un grupo de zombis y situarse a unos metros delante de ellos, tarea realizada por el pastor, y con movimientos, ruido y, si fuera necesario, insultos se ha de atraer la atención. La tarea de los vigilantes será prevenir la aparición de zombis por los espacios que no están a la vista del pastor y, si fuese necesario, la eliminación de los mismos.

Como decíamos, el pastor atrae la atención de los zombies y se sitúa aproximadamente a la distancia máxima del “palo” (entre 1,5 y 2 m) procurando retenerlos uno a uno con golpes fuertes, pero no derribándolos, solo retrasando su marcha. Según explicaciones de Victorino Alfageme, famoso pastor de zombis del centro peninsular, se ha de “hacer algo como, ven pacá bicho, eh! tú quietito, tiiiiitas tiiiiiitas, vamos bonitas, vamos al corral, quieto tú, maromo, no te me adelantes…”. Esperamos una próxima filmación en video para poder realizar un análisis exhaustivo de la técnica porque no nos ha quedado muy clara.

Poco a poco el pastor dirige a su rebaño por las calles estrechas, siempre a la distancia de seguridad y procurando no tropezar. Normalmente, dada la baja velocidad de los no-muertos, se requiere entre media hora y unas tres horas el recorrer 200 metros. El anterior pastor, Victorino, nos indica que tiene tiempo para fumar unos cigarros y darle unos tragos a la bota.

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En cuanto se llega a su destino se puede optar por:

  • Empujar los zombis al foso, hueco o acantilado, siempre ayudados del “palo”.
  • Echar a correr hasta el fondo de la plaza/estadio y hacer mucho ruido para que sigan entrando.
  • Hacerse el valiente y esperar al último momento para echar a correr (normalmente es por alguna apuesta o provocado por la frase “no hay huevos”).

Hay una variante del final del pastoreo que se conoce popularmente como “pegar tiros a todo lo que se mueva” pero es extremadamente peligrosa para el pastor, porque también se mueve, y los que pegan tiros suelen ir bien cargaditos de vino…

La tarea del pastor concluye con el confinamiento/despeñamiento de los no-muertos y es entonces cuando puede optar por unirse al grupo de los vigilantes/eliminadores o irse al bar con la satisfacción de un trabajo bien hecho.

 

Hermenegildo Aurelio Vega-Solano y Rebolledo.

Catedrático de Etnografía. Universidad Ibérica de Xinzo de Limia.

 

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Lo peor del apocalipsis es el aburrimiento

Estás en problemas desde hace días y lo sabes.

Subiste el ascensor a la última planta justo antes de que se fuera la electricidad. Tuviste suerte. Encontrar la llave maestra que abría las puertas de los ascensores también fue suerte y te costó ese moratón que tienes en el codo de tanto golpear la portería.

Mucha suerte tuviste cuando le clavaste el palo de la fregona a la portera zombi en el ojo. Bien es cierto que le dejaste la cara hecha un poema hasta que lo conseguiste. Podría decirse que te ensañaste con “ello”, o que tienes una puntería pésima.

Te concederemos que abrir el ascensor en el tercero e ir pastoreando a tus vecinos zombis con el machacado palo de la fregona hasta hacerlos caer por el hueco del ascensor fue buena idea. Fueron 3 días intensos pero al menos pudiste saquear a conciencia todos los pisos y no morirte de hambre.

Lo que no se te ocurrió pensar es que son zombis y son difíciles de matar, y una caidita de tres pisos no les hace demasiado daño. Siguen gimiendo, reptando, moviéndose, arañando. 40 vecinos haciendo ruido son bastante molestos.

Quizás podrías evitar el ruido y dormir más o menos tranquilo si te vas a alguna habitación del fondo, pero eso no evita que los gemidos hayan congregado unas docenas de compañeros zombis en la puerta del edificio. Solo hay una puerta de aluminio y cristal algo endeble y un par de sofás que evitan que entren en tromba y reconquisten el edificio.

Le das vueltas y vueltas y no se te ocurre ninguna idea para librarte de ser devorado/zombificado así que intentas aguantar lo mejor que puedes mientras esperas que una idea feliz se cruce en tu mente. Lo de suicidarte lo descartaste hace tiempo, por dos razones principalmente: no tienes cojones para hacerlo, porque le tienes un miedo atroz al dolor, y tienes cierto sentido de la responsabilidad para con tus gatos. No es cuestión de dejar unos bichos huerfanitos en un mundo salvaje de comedores de todo lo que se mueve..

Así que inicias la rutina de vigilar desde la azotea buscando algo de vida medianamente inteligente y que no pretenda hacerse un festín con tus entrañas. Con el buen tiempo no es mala idea usar la terraza y tomar un poquito el sol también. El que no haya electricidad es una ventaja también ya que no te pasas el día guarreando por internet y, como te aburres, haces algo de ejercicio. Al final te pondrás cachas y todo.

Día tras día subes a la azotea equipado con tu queridísimo palo de fregona, al que has añadido un chuchillo bien sujeto en la punta. No tienes ni idea de si funciona pero te hace sentir más seguro tener algo que pincha y seguro que es más fácil de clavar que la punta roma de antes. También subes esos prismáticos que has tomado prestados de tus vecinos de enfrente, una silla de camping, que amablemente saqueaste de los vecinos del cuarto, una gran botella de agua y un cubo.

Si algo hay que reconocerte es que eres limpio y, al menos tu terraza, está impoluta aunque pases horas y horas tomando el sol y haciendo “tus cosas”. Puede que la jauría de comedores de cerebros que te espera abajo no esté muy de acuerdo con que les obsequies cada tarde con una fina (o no) lluvia de … cosas.

Desde esa terraza has visto zombis, perros corriendo delante de zombis, zombis comiendo perros, perros comiendo zombis, perros zombis comiendo perros no zombis, alguien siendo perseguido por zombis (un superviviente, supones), gritos, silencio, zombis, una columna de humo tremenda saliendo de donde supuestamente debía estar la gasolinera, un barco hundiéndose después de chocar contra el puerto, algunos incendios más en algunos puntos de la ciudad, un helicóptero, un helicóptero que se estrella y arde… vamos, has visto lo normal en un apocalipsis.

También has visto a tu vecino, alguien un par de calles más allá que de vez en cuando sale de un edificio, entra en algún sitio y vuelve cargado con… de todo. Lo último era una bombona de butano que llevaba rodando ruidosamente por la calle atrayendo a las hordas de no muertos. Es valiente el amigo.

Tienes una idea, estúpida, pero es algo nuevo y al menos te sacará de esa tarea de voyeur que, francamente, te hace sentir un poco culpable. O sea, es divertido observar, pero quizás habría que ir pensando en hacer algo más que esperar a que se agote la comida… reconquistar la tierra y esas cosas.

Bajas corriendo y saqueas el sexto C, que estaban de reformas. Sábanas tapando los muebles y un bote de pintura roja. Prefieres no pensar por qué alguien querría pintar una habitación de color rojo porque lo único que se te viene a la mente es cuero, pelotas de goma en la boca y cierto grado de dolor. El caso es que recoges todo eso y lo subes a la azotea.

Con todo cuidado extiendes tres sábanas y comienzas a pintar tu mensaje. En un alarde de originalidad escribes: “ESTOY VIVO” y pintas, más mal que bien, una flecha. Con cuidado despliegas cada sábana y las atas, torpemente, para que cuelguen de la fachada. Se te escapa la sábana que dice VIVO. Quizás el mensaje no sea del todo claro pero te niegas a bajar, pintar y atar otra sábana.

Después de tanto ejercicio decides echarte una siestecita en la sillita de camping y con el ronroneo de tus compañeros/vecinos/zombies te quedas dormido.

Algo te molesta en los ojos y no te deja dormir. Los abres y algo te deslumbra. La gorra sigue en su sitio y la visera está caída, así que el sol no es. Te incorporas con cuidado y casi te caes de la silla porque se te había dormido una pierna. Te limpias la babilla que cuelga de la comisura de tus labios y buscas qué te molesta.

Otra vez la luz en los ojos. Algo brilla tres o cuatro edificios más allá. Haciendo el gesto del indio que escudriña el horizonte, es decir, poniendo las dos manos en visera, buscas y buscas y… ves a un tío que de vez en cuando brilla.

Primero piensas algo como “será mamón, despertarme de la siesta” pero te acuerdas de las sábanas con el mensaje y otro pensamiento racional acude a ti y es algo como “hay alguien más, está vivo y se aburre tanto como yo de estar solo” aunque también se te ocurre “zombi con chaqueta de lentejuelas”. El segundo pensamiento racional no es demasiado inteligente y lo descartas momentaneamente, aunque te parece una teoría interesante.

El tío con la cosa que brilla, que a estas alturas has conjeturado que debe ser alguien con un espejo, sigue apuntando a tus ojos. Deslumbra corto, deslumbra largo, otra vez largo, otra corto… Se te enciende una pequeña chispa de inteligencia y deduces que o lo hace por joder o es algo como el morse.

No tienes ni idea de código morse, más allá del SOS, que probablemente, con tus extensos conocimientos tú escribas como OSO, pero sí tienes un viejo libro en alguna caja con el código morse.

Así que haciendo aspavientos en la azotea dirigiéndote a la figura del espejito haces el gesto universal de “espera que vuelvo ahora”, Levantas la mano con la palma extendida hacia adelante y la sacudes adelante y atrás. “Espera que vuelvo ahora”, está clarísimo.

Bajas corriendo a tu casa, remueves entre las cajas de cartón, buscando en los libros descartados por viejos o, incluso, vergonzosos y tras unos tensos muchos minutos lo encuentras. El librillo que tantas alegrías te dio en tu tierna infancia: “Cómo ser agente secreto”.

Libro, un trozo de papel, un bolígrafo y un espejo de IKEA. Corriendo escaleras arriba acompañado por gruñidos zombis saliendo del hueco del ascensor.

Te diriges donde se supone que estaba “el tío” y ahí sigue, esperando. Buscas rápido algo que decir y, con habilidad, transmites tu mensaje en morse.

H O L A

Esperas y desde el otro lado comienzas a recibir la respuesta.

– Q U E C O Ñ O D I C E S

Vuelves a transmitir el mensaje.

-H O L A

Y te responden.

– E S C R I B E S F A T A L

– N O S E M O R S E

– Y A S E N O T A

– E S T O Y V I V O

– N O J O D A S N O M E H A B I A D A D O C U E N T A

Cierto grado de sarcasmo no se puede evitar cuando se vive una situación angustiosa, como un apocalipsis zombi, pero se está pasando un poquito. Intentas cambiar de tema.

– T E A T R E V E S A V E N I R

– T I E N E S B I R R A S

– T E L A S C A M B I O P O R T A B A C O

– V O Y

– S E G U N D O C U A R T A

Y se desvaneció el tío de la azotea, así que te fuiste a esperar a tu casa.

Ya empezaba a anochecer cuando escuchaste cómo sonaban golpes en la puerta. No eran arañazos, ni golpes espasmódicos de un zombi queriendo entrar. Era un clarísimo TOC TOC TOC que sonaba en la puerta.

Con emoción y esperanza, armado con tu terrible palodefregonacuchillo (por si las moscas) te diriges hacia la puerta y abres con cuidado solo un poquito. Lo justo para que un cartón de tabaco se plante ante tus narices.

LM light.. hay que joderse…

 

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Muy emocionado no estoy…

Dos años después de publicar algo aquí estoy de nuevo. ¿Volveré a publicar algo? No lo sé. ¿Publicaré algo útil? Lo dudo. Mientras: una nueva paja mental.


 

No te importa cómo empezó. Sólo sabes que empezó.

Un día te despiertas y todo está en silencio. Todo está más callado que de costumbre pero no te das cuenta porque estás ocupado intentando despertarte bajo la ducha. Te vistes, tomas tu café y no escuchas a los vecinos del piso de arriba. Piensas que se habrán levantado antes y no le das importancia.

Tus gatos se han despertado, sí. Como cada mañana desesperadamente piden que rellenes su cuenco casi repleto pero con un pequeño hueco en el centro.

El móvil no ha sonado. No hay ningún e-mail. No hay mensajes de whatsapp, ni de Telegram. Está todo tan tranquilo que parece domingo en vez de jueves.

Tranquilamente recoges tu chaqueta y te la pones, y abres la puerta de casa. Dos vueltas de llave, pasas, cierras y bajas las escaleras. En silencio, no se oyen coches y ya es de día.

Al salir a la calle todo está cerrado. El estanco, el badulaque, el bar de la esquina que solo cierra en nochebuena. No pasan coches, ni motos, nadie camina por la calle. Y entonces algo parece despertarse en ti: son las 5 de la madrugada y ya ha amanecido… y si no es eso es que el resto del mundo se ha quedado dormido.

Las 5 no son, son casi las 9. Dudas mucho que la segunda opción sea la buena, porque sabes que los del badulaque no duermen.

Notas como un cosquilleo detrás de las orejas. Notas como si el pelo se comenzase a erizar. La tranquilidad desaparece de repente y una perla de sudor comienza a aparecer en tu frente. Comienzas a notar miedo.

No hay nada peligroso a la vista y eso es lo que te aterra. No hay vida. No hay nada. Solo las luces de los semáforos y el ding ding del semáforo para invidentes alteran la quietud.

Bajas poco a poco por la calle, te fijas en los cruces y, hasta donde te alcanza la vista, no hay movimiento. No se ve ni un alma. No se escucha ni el sonido de los pájaros. Solo la letanía de los clicks de los semáforos.

Se te ocurre buscar en internet algo de información. Si menéame no sabe nada es que no ha sucedido. A lo mejor han evacuado el planeta 10000 naves de Raticulín y no te has enterado. O ha llegado “el gran rapto” y tú eres el único pecador que queda para recibir el merecido castigo. O te están gastando una broma muy elaborada y muy cara.

No hay nada extraño en las noticias aparte de las tonterías inútiles de siempre y videos de gatos. Los periódicos no dicen demasiado, aparte de que todo va bien con este gobierno y hay gente que se están decapitando los unos a los otros a unos miles de kilómetros. Algún partido de la Champions, cotilleos de alguien se folla a alguien y un accidente en cadena en la autopista que va a ser el festival de varias compañías de seguros.

Ahora estás seguro de que es una broma y buscas las cámaras. Miras las ventanas, casi todas con las persianas bajadas. Das vueltas a tu alrededor buscando algo escondido. Y solo ves un perro; ¿un perro? un perro que corre hacia ti; un perro que corre hacia ti chillando; chilla con terror y corre deprisa, huye.

Pasa a tu lado sin mirarte. Corre, y sigue corriendo calle abajo. Y más, vienen más perros. Dos, tres, seis, casi todos grandes, chillando aterrorizados.

Lo oyes. Es un siseo, algo que roza contra el asfalto, continuo, imparable, aumentando de volumen… y un algo más. Es como un gemido, grave, profundo, como si alguien soplase un tubo largo, como esas trompas que usan los lamas tibetanos. GROOOOOOOOR.

Y lo ves, los ves. Ves un grupo de gente bajando lentamente por la calle, muy lentamente. Algunos se tropiezan, caen y se levantan despacio, como si estuvieran adormilados, drogados, atontados. A lo lejos distingues algunas figuras que se balancean lentamente trastabilleando, caminando como borrachos y balanceando de lado a lado su único brazo.

¿Su único brazo? ¿Es una manifestación de mancos?

Se acercan, y tu vuelves todo lo deprisa que puedes sobre tus pasos. Ves rojo; gente que se balancea pintada de rojo, con manchas aquí y allá; en la cara, en los brazos, en las piernas… y uno con las tripas colgando.

No parece una broma. Y si lo es te da igual; que se joda la tele o el hijo de la gran puta que te está filmando. Estás muy asustado, estás aterrado, estás usando toda la adrenalina que te provee el terror para correr como alma que lleva el diablo hacia tu casa.

Entras deprisa en el portal y te aseguras de que la tremendamente segura puerta de cristal de la entrada se queda bien cerrada. Subes por las escaleras; los peldaños de dos en dos y de tres en tres y temblando abres la puerta de casa y entras. Y tus gatos te miran extrañados y uno de ellos se pasea alrededor de ti pidiendo comida otra vez.

Vas hacia el ordenador, corriendo lo enciendes y buscas, buscas algo. Buscas un e-mail, un algo que te diga qué está pasando pero está todo vacío. Pones la tele y está en negro. Excepto las series de la mañana, esas que repiten una y mil veces, y los canales de teletienda, está todo en negro. La radio, solo encuentras esas radiofórmulas preprogramadas pero no hay noticias, no hay programas en directo.

Miras por la ventana. Una calle lateral, poco tráfico habitualmente; ninguno ahora mismo. Alguien en una ventana, golpeando el cristal, en un sexto piso. Golpea, golpea, golpea y rompe el cristal, cae al vacío y se estrella contra la acera rompiéndose las piernas. Los huesos asoman en sus tobillos.

Y se arrastra. ¡Se arrastra! Debería estar muerto pero se arrastra, y gime, emite un sonido chorreante, cavernoso y terrorífico.

Es una locura, una puta locura. Piensas que eso no puede estar pasando. Te abofeteas una y otra vez intentando despertarte, en el baño te echas agua fría, pero el gemido y el cada vez más fuerte arrastrar de pies es constante. Se acerca, es real.

Te miras en el espejo del baño y se te escapa una carcajada. Ya es casualidad que hoy lleves puesta esa camiseta:

“La parte más difícil del apocalipsis zombie será fingir que no estoy emocionado”.

Emocionado no, acojonado.

Y sabiendo que el palo de la fregona es lo único que te separa de esos bichos, estás muerto seguro.

 

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Aquí nunca pasará eso

Esto que vas a leer forma parte de una serie que hace meses que tengo en mente. Tengo un comienzo pero todavía no sé cómo lo acabaré o si lo acabaré. Ni siquiera tengo a los personajes escogidos, sólo algunas ideas a las que voy dando forma.

Espero que a nadie le sorprenda que de repente aparezca un oso polar en la historia…

 

Es sorprendente la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos, cómo terminamos adaptándonos a cualquier cosa, por extraña que sea, por mucho que se aleje de lo que consideramos “normal”. Por ejemplo, la manera de despertarse.

No mucho tiempo atrás era la alarma del teléfono móvil la que se encargaba de despertarme. Lo de despertarse era bastante relativo, porque hacían falta 7 alarmas, a intervalos de 10 minutos, con los sonidos más estridentes y aun así la única que terminaba escuchando y que me hacía saltar de la cama era la última. Y por supuesto todas las mañanas corriendo a la ducha, corriendo a vestirse, corriendo hacia el metro, corriendo al entrar a trabajar, corriendo a todas partes.

La ducha, ¡cuánto la echo de menos! Incluso echo de menos el ir a trabajar. Echo de menos los ascensores, echo de menos el metro (¡quién lo diría!), echo de menos bajar a comprar el pan, echo de menos un ventilador, echo de menos la rutina…

Aquí la única rutina es el despertador de cada mañana. En cuanto sale el sol, a las 6 de la madrugada, se oye la primera alarma. Una detonación, un petardo, a veces lejano, a veces cercano. Después suele escucharse un grito; no suele tardar mucho. Otro petardo, más gritos, una ristra de petardos, y el silencio.

A veces me despierto a la primera, si suena cercano, pero no me muevo. ¿Para qué si no tengo trabajo al que ir? No voy a poder ducharme, aunque tampoco voy a poder dormir más pensando en lo que puede haber pasado.

Otras veces tardo un rato más. Si tengo suerte y no hace demasiado frío me quedo bajo la manta disfrutando del calorcito hasta que el dolor de espalda me echa de la cama. Llamarle cama es ser demasiado generoso pero al menos es un lugar acogedor y bien protegido. No me han molestado en meses.

Dana sí se despierta y se levanta. Levanta mucho las orejas y va poco a poco hacia el hueco de la ventana. Es demasiado curiosa y cualquier ruido atrae su atención. Hace tiempo se espantaba y se escondía bajo el primer mueble que encontraba. Ahora ya no, sólo levanta las orejas y caminando suavemente, como sólo un gato sabe hacer, se dirige a su observatorio y con los ojos muy abiertos mira a la calle, a lo que queda de calle.

A veces mueve la cola nerviosa, probablemente porque ve algo interesante, gente en la calle o algún perro. Otras veces se queda ahí, subida al trozo de madera que antes fue el mueble de la televisión, ojeando y esperando.

Cuando me decido a levantarme me destapo y voy a prepararme eso que llamo café. Es incluso más malo que el café de Starbucks, aunque tampoco recuerdo demasiado el sabor que tenía. Creo que era como aguachirri con sabor a tierra quemada. Mi café no tiene “chirri” pero sabe a quemado y a viejo, a muy viejo de tanto que he reutilizado los posos.

Dana me sigue porque sabe que comerá algo. Quizás es la única que se alimenta bien porque me hice con una docena de sacos de pienso cuando empezó todo y con suerte me durará varios meses más. Su comida la he probado y la verdad es que hay que ser muy gato para comer esas cosas.

Mi desayuno no es monótono. Si tengo suerte alguna madalena rancia, a veces un trozo de pan con algo dentro (normalmente atún, porque tengo una provisión de latas casi infinita), a veces tengo algo de mermelada y otras veces me levanto sin hambre y solo me tomo con cara de asco el café. Al menos está caliente.

Pues sí, me he acostumbrado a mi nuevo despertador. Me he acostumbrado a mi nueva rutina: mantenerme con vida. Incluso me he acostumbrado a mi “trabajo” como “autónomo”: buscar comida.

Es que las cosas han cambiado un poco.

Sigo viviendo en Barcelona, eso no ha cambiado. Incluso sigo viviendo en mi casa de siempre; quizás un poco cambiada y con algún hueco más porque no he podido reparar todos los agujeros, pero sigue siendo mi casa. Está algo más oscura porque no me atrevo a quitar las tablas que tapan las ventanas y faltan algunos muebles, porque el último invierno fue algo frío, pero tengo un sitio donde dormir y un sofá, ya bastante raído, donde sentarme.

Hace meses que no subo al metro, no porque no quiera, sino porque hace tiempo que dejaron de funcionar la mayor parte de las líneas, en parte porque casi nunca hay electricidad, en parte porque algunas estaciones se han hundido. Todas las paradas de metro cerca de mi casa están hundidas, unas por accidente, otras por necesidad. Parece ser que no quedó más remedio que volar una estación porque un grupo armado intentó atacar el hospital, que además estaba cerca del cuartel y el depósito de agua (la piscina del antiguo polideportivo). Según dicen se quedaron 50 personas cubiertas por cascotes. Peor para ellos, nadie les manda venir a molestar.

No tengo televisión, entre otras cosas porque tuve que cambiarla por un hornillo, y también porque solo tengo electricidad un par de horas al día y es estúpido conservarla. Tampoco es que haya nada que ver: quedan dos canales del “gobierno” y algún canal pirata que emite de vez en cuando. Todo basura.

Las estufas y los ventiladores están guardados. Me he acostumbrado a las hogueras en el patio interior. Los pocos vecinos que quedamos, cuando hace mucho frío, contribuimos con algo para quemar y nos juntamos alrededor de la hoguera para calentarnos un poco. A veces alguno trae algo de carne y podemos comer “bien”, siempre que no te preguntes qué carne es.

Curiosamente mantengo algún lujo, como un SAI que alimenta a mis cacharritos electrónicos y una escasa conexión a internet que algún buen samaritano nos provee y, a veces, algo de cobertura telefónica cuando un técnico puede llegar a la antena. Así me voy enterando de qué está pasando. Menéame sigue funcionando y sigue lleno de cotillas, fachas y trolls. Los periódicos… bueno dejémoslo estar; hace tiempo que han dejado de informar.

Según dice el “gobierno” todo está estupendamente y sólo hay algunos disturbios y alguna zona “díscola”, sobre todo en el norte y el este. Todo está controlado, nadie pasa hambre, nadie muere, todos tenemos trabajo, la economía está en su mejor momento, el nuevo Papa visita Madrid y es recibido en loor de multitudes y el “presidente” se humilla ante él como siervo de la Iglesia que es.

Claro que eso lo dice en la televisión y en los periódicos en papel y solo muy pocos ilusos se creen lo que se dice en los medios “tradicionales”. De hecho muy pocos pueden pagarse ya un periódico de papel. Probablemente el “gobierno” se hace propaganda a sí mismo para autoconvencerse de que todo va bien.

Según dicen los medios extranjeros estamos en guerra civil, pero una guerra de baja intensidad, sin grandes bombardeos, ni tanques, ni explosiones a lo Hollywood; solo escaramuzas entre los “ejércitos” de los “rebeldes” y el “gobierno”; alguna foto de algún muerto en la calle y alguna casa destruida o colas de gente ante los campamentos de la Cruz Roja buscando algo de comida, poco más.

Mi despertador de la mañana forma parte de esa guerra de baja intensidad. Suele ser algún francotirador, de algún bando o de otro, que se encarga de recordar a la gente que por la calle hay que ir corriendo y escondiéndose. Nada de dar paseos o ir cojeando; y si eres viejo y no te puedes mover no salgas de casa.

Puede ser alguien que va a buscar comida o agua a primera hora. No aprendemos que es mejor salir de noche que hay menos mirones; a la gente le cuesta librarse de su rutina, son demasiados años de tranquilidad y hay muchos que salen por chulería y porque “tienen derecho” a ir por la calle.

El derecho a veces choca con una bala. Si el alcanzado es afortunado la recibe en la cabeza y se acabó; por la noche recogen su cuerpo y es una mañana tranquila. Si el que dispara tiene ganas de jugar suele disparar a la pierna o a la cadera y la víctima se queda gritando pidiendo ayuda; siempre sale algún valiente que ya no aguanta los gritos y empieza la fiesta de los petardos porque recibe uno o dos disparos. Una vez se recogieron 8 cuerpos, 2 de ellos todavía con algo de vida.

Yo guardo un recuerdo de mi valentía en mi brazo derecho: una fea cicatriz en el hombro y dos dedos menos.

Ya no salgo, aunque reconozca la voz de quien grita. Llamadme cobarde si queréis, pero he tenido suficiente. Sólo por la noche me arriesgo a ayudar a recuperar lo que queda.

Tenemos suerte de que no tengan miras nocturnas porque podrían hacer una escabechina.

Hoy tengo un email de mi hermana. Ella y sus hijos han conseguido llegar a Portugal y han dormido por primera vez en semanas. No sabía nada de ella desde principios de Marzo, tres semanas desde que se decidió a abandonar su casa. No sabe nada de su marido desde Enero, no sabe nada de mis tíos desde Noviembre.

Me envía a una foto que tomó en Cáceres, cerca ya de la frontera: una docena de cadáveres en una cuneta. Jornaleros, probablemente. Guerra civil de baja intensidad…

Me dice que tenga cuidado y me pregunta si intentaré pasar a Francia.

No hay forma de pasar a Francia, nos han cerrado la frontera, no nos quieren. Fraternité. Los pocos que han conseguido pasar son buscados por la Gendarmerie y devueltos en camiones al “gobierno”. Según dicen el “gobierno” los asienta en campos gestionados por la Cruz Roja, en campos de los que a veces algún valiente saca fotos y las envía a internet. Esas fotos de “reasentamientos” las permite el “gobierno”.

Las otras fotos, las que no gustan, muestran excavadoras, cal, fosas comunes, cunetas llenas de cadáveres sin enterrar o algún soldado del “gobierno” con el pie sobre la cabeza de algún “rebelde” apoyándose sobre la culata de su rifle, con la bayoneta clavada en el pecho de algún ajusticiado.

Varias de esas fotos estuvieron a punto de provocar una intervención de la ONU pero el “gobierno”, en una maniobra magistral, consiguió crear un cortina de humo y pregonar que todo había sido una manipulación. Una legión de expertos en Photoshop se ocuparon de “mostrar” que eran “falsas” y la desidia de la comunidad internacional hizo el resto. Casi todos los países tragaron y sólo Portugal (que ya no está bajo el yugo de la UE) e Italia (con su estrenado gobierno comunista) siguen manteniendo que las fotos son reales.

El “gobierno” no permite crueldades.

La frontera con Portugal está vigilada pero con un poco de suerte y dinero algunos consiguen pasar. Si pasas no te devuelven, no te persiguen, incluso la población portuguesa suele acoger a la gente en sus casas. No es que su país esté para echar cohetes pero al menos no hay hambre, y desde el cambio de gobierno y desde que decidieron salir del Euro y de la Unión Europea, las cosas les van mejor.

Pero llegar a Portugal desde aquí es imposible. Sería mucho más fácil aventurarme en una lancha y llegar a Marruecos. Dana no está demasiado de acuerdo porque no le gusta el agua. No sé qué opinará de caminar 1000 kilómetros.

Oigo un rugido en la calle y después una explosión; ha sonado muy cerca. Después otra explosión, y después el ruido de un edificio que se derrumba. Dana se asusta y sale corriendo a esconderse bajo la manta. A mí me puede la curiosidad y voy a echar una ojeada por el hueco de la ventana.

Consigo ver cómo se cae parte de la azotea de un edificio, como a 300 metros, y se ve la figura de una persona. En la calle, ocultos tras un muro,  se ven dos personas con lanzacohetes todavía humeando. Llevan un brazalete rojo oscuro, deben ser de la milicia comunista.

Alguien se dirige corriendo al centro de la plaza, cerca de la fuente, donde hay una persona en el suelo levantando el brazo; se ve un charco de sangre cerca de sus piernas.

Se oye un petardo y el que había salido corriendo cae al suelo. Otro petardo y uno de los milicianos cae hacia atrás sin media cabeza. El que queda se agacha tras el muro e intenta recargar el lanzacohetes pero le tiemblan tanto las manos que no lo consigue y se le cae el proyectil al suelo varias veces. Maldice y golpea el lanzacohetes y se acurruca frustrado junto al muro.

Parece que han acabado con uno de los francotiradores, pero hay más.

Si no fuese tan real me parecería estar viendo una escena de Call of Duty, claro que no se ven soldaditos saltando y helicópteros escupiendo balas. Aquí es algo más sucio y no reiniciamos el juego cuando nos matan.

Se ven las chispas de disparos saliendo de un edificio y se oyen crepitar las ametralladoras, como máquinas de coser extremadamente ruidosas. Gritos, más disparos, y luego unas explosiones en la parte baja. Luego todo se calla.

“Una trampa, el hijo de puta tiene trampas”, se oye gritar en la calle.

Algún grito más, gente corriendo y unos minutos después silencio. Se acabó todo.

Espero que hoy anochezca pronto porque me estoy quedando sin agua.

 

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No es una “feature” es una chapuza

Dicen que los bugs de hoy son las “features” del mañana. Al menos es lo que viene haciendo Microsoft desde hace años y parece que miles de empresas se lo han tomado tan en serio que están haciendo de la chapuza un arte.

Hoy, por ejemplo, me he vuelto a casa con un regusto amargo en la boca.

Como se dice el pecado pero no el pecador digamos que yo trabajo en la cárnica SemosLaLeche y que me ocupo de parte de un proyecto para un gran cliente al que llamaremos PowerRangers. Yo no programo, ni analizo ni hago nada tan entretenido sino que me ocupo de que los equipos de desarrollo entreguen el trabajo bien y en un tiempo razonable.

Los equipos de desarrollo han de funcionar como cajas negras, al más puro estilo de “Software Factory”. Algún día me explayaré en el sinsentido de las cajas negras de desarrollo, pero lo resumiré aquí para que se entienda como que es un gran invento de las cárnicas para contratar a gente con muy poca experiencia por bajo coste pero pretender hacerlos pasar como superexpertos de la muerte. Vamos, que son una engañifa en la mayor parte de los casos pues, como cualquiera que se haya dedicado al desarrollo de software profesionalmente debería saber, la efectividad de un equipo depende en gran parte de la experiencia que hayan adquirido trabajando juntos y de la cohesión. El desarrollo de software no se basa en ir poniendo y quitando becarios, que esto no se trata de una fábrica de producción en cadena.

Como antecedente digamos que he trabajado con equipos más o menos estables durante años, incluso dentro de fábricas de software (un rara avis en la carnicería de este país). Estoy acostumbrado a enviar un análisis a un nivel bastante bajo (casi al nivel de un cuaderno de carga) y que me devuelvan un producto acabado y probado, no libre de errores pero del que tengo la confianza de que si pulso un botón no se va a producir una hecatombe.

A nivel personal, y no es por echarme flores, doy la libertad suficiente y la confianza como para que quienes trabajan para mí sepan que no voy a estar como un águila acechando, o preguntando cada media hora “cómo va”. Tampoco realizo planificaciones sin contar con quienes van a realizar el trabajo; durante años he sido desarrollador y sé lo que jode que otro, que muchas veces no tiene ni puta idea, “opine” que tu trabajo llevará “un par de horas”.

Pues resulta que me ha tocado usar una caja negra desconocida, una de una empresa a la que llamaremos BoQuePassa. Se supone que se ocuparían del análisis y el desarrollo y me entregarían un producto terminado y probado. Teóricamente mi única tarea sería elaborar informes de seguimiento (puaj!) para reportar cómo iba la cosa a PowerRangers y ocuparme de que las cosas se hacían en las fechas adecuadas, recibir el producto final y presentarlo a los usuarios finales para que se maravillasen y todo fuesen alabanzas por un trabajo bien hecho.

En ningún momento participé en la planificación, que fue establecida por BoQuePassa, ni estuve interrumpiendo pidiendo informes de seguimiento. Confiaba en que, como empresa supuestamente seria, se ocuparían de todo y me entregarían un producto llave en mano.

Fail!

La primera la recibí en toda la boca hace semanas: “vamos con retraso, pero lo estamos corrigiendo y creemos que llegaremos a tiempo”. “Bueno”, pensé, “vosotros lo habéis planificado y sabréis hasta donde poder lllegar”. No dije nada más porque me aseguraron que estaría todo perfecto para la demo final.

Por desgracia el Factor Bus pasó a mi lado y, aunque no me atropelló de lleno, sí me dio un buen golpe y tuve que estar una semana de baja bastante dolorido. Durante esa semana se supone que yo habría de ocuparme de probar por encima la aplicación para ver que todo estaba correcto. Mala suerte, no pude, esas cosas pasan.

Iluso de mí creí que serían lo suficientemente espabilados para que, si no habían acabado, se ocupasen de remendar el producto para que tuviese buena cara. Todavía había tiempo, mucho tiempo.

Vuelvo de mi baja, proceso todo lo que tengo que procesar, que es bastante, porque cuando no estoy nadie hace mi trabajo y me dispongo a probar la aplicación.

Hola, que tal, click, BUM!

Será algún error de despliegue, que dice que no tiene permisos de ejecución, vale, no hay problema. Vamos a probar por aquí… BUM! otro error de permisos… ¿Y si pulso aquí? Anda, si funciona, vamos a ver si me devuelve datos… BUM!

No perdamos la calma, los errores de despliegue son normales. Es la primera vez que instalan aquí.

Pero… ¿alguien ha probado ésto? Vamos a echar una ojeada al documento de pruebas…

Dice que pulses aquí y aquí y graba aquí… y hasta hay una captura de pantalla.

Pulso aquí y aq… BUM!

OOOOOOOOOMMMMM

“Oye, me han dado estos errores y parecen de despliegue, debe ser fácil porque todo son errores de permisos. Vale, que lo arregláis hoy, perfecto. Me lo probáis, ¿eh? Y haced la migración de datos que está todo vacío. Muy bien, espero noticias”.

Viernes, 14:30, mail de BoQuePassa: “Todo arreglado, puedes ir a probar”.

Vamos allá y abrimos la aplicación, pulsamos aquí, tengo datos (bien!), pulso aquí y allá, tengo un informe muy bonito.

Parece que lo han arreglado, esto ya no casca. Vamos a crear esto aquí, grabamos … BUM! BUM! BUM! BUM!

Si yo fuese un usuario y me hubiera encontrado un error como el que obtuve probablemente estaría destrozando el ordenador con un martillo. Es que realmente si no sabes lo que es un “stacktrace” acojona ver esa lista infernal de cosas saliendo de una pantalla de colorines y puedes llegar a creer que vas a infectar al resto de la red con a saber qué virus. Mejor matamos al portador e infección resuelta.

Viernes, 14:50, vamos a seguir probando otras cosas por aquí. Click, click, tacatá, meto datos, filtro, saco informe, vale, lo anterior era un sustito y será poca cosa. Click BUM! Toma stacktrace!

Viernes, 15:00, esto pinta mal, vamos a hacer unas pruebas más… BUM! BUM! PADABUM!

Cuando digo BUM es casi una explosión literal. No es un mensaje de “no puedes introducir elemento repetidos” sino algo como “unique key failure nosecuantitos” y un botón de “OK” que te deja la aplicación tiesa. Cada vez que hace BUM tengo que reiniciar la aplicación y perder tiempo.

Viernes, 15:30, termino un mail explicando todos y cada uno de los errores con los que me he encontrado y vuelvo a preguntar “lo habéis probado?”. Como remate, como ya tenía las pelotas algo inflamadas, y aunque sé que los programadores se acordarán de mi familia por ello lancé un ultimátum: “el lunes lo quiero funcionando”.

Pocas veces en mi vida me he sentido tan mal. Yo, que soy una persona bastante pacífica y con bastante empatía, que sé lo que jode que por una entrega te hagan trabajar un fin de semana y que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, haciendo lo que muchos jefes hijos de puta pretendieron hacer en su día conmigo (cuando era joven e inexperto).

¡Joder! ¡Soy el enemigo!

Todavía tengo revuelto el estómago.

Ya en casa, y tras zamparme el doble de la cantidad diaria recomendada de noodles (es que soy grande y no me basta una ración), reflexioné un momento y llegué a ciertas conclusiones.

Yo debo ser raro pero no me atrevería a entregar una chapuza que no funcionase, y menos DOS veces. No es por echarme flores (que también) pero si me consideran un buen profesional no es porque me dedique a crear mierda. Lo que hago puede ser más feo o mas bonito pero hace lo que tiene que hacer y no te explota en la cara.

Si me pasa esto en una demo a un cliente me acurrucaría en una esquina y lloraría desesperado. Parece que otros no, que es su pan de cada día. Supongo que el negocio estará, como he oído por ahí, en “coger el mantenimiento”. Vamos, te tengo que pagar yo por una castaña de esas características y te quedas con el mantenimiento cuando el infierno se congele.

No es que la aplicación tenga bugs, es que es un gran error, es peor que un demonio del averno, es el quinto jinete del Apocalípsis hecho bytes.

También he pecado de exceso de confianza. He trabajado siempre con equipos más o menos profesionales y parece ser que no todos son así. A algunas personas has de vigilarlas como un halcón vigila a su presa o te clavarán la puñalada en cuanto te das la vuelta.

Y reflexionando un poco más, conociendo casos cercanos dentro de mi empresa y fuera, viendo verdaderas porquerías que ciertas empresas se atreven a hacer públicas, ¿tan mal está la cosa? ¿tanta suerte tengo de no haber caído en el cubo de mierda?

Es que como este sea un caso representativo, que me da en la nariz que sí, empiezo a explicarme por qué las cosas van tan mal en el sector informático. No es que no existan profesionales, es que las empresas no quieren pagarlos y prefieren chupar del bote mientras puedan y mientras no los descubran.

Por el precio de un buen trabajador tienes a 4 mediocres. Parece que la cantidad prima sobre la calidad.

Quizás por eso no hay Googles ni Facebooks españoles, pero sí Renfes.

 

A este pasó dejo la informática y me hago carpintero, como mi padre. Con lo tranquilo que se jubiló…

 

 

 

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Pulsaciones

Estaba yo anoche viendo la tele medio adormilado por un documental, en el estado ese de “has de ir a la cama pero no quieres” que se conoce como estado de “quieres dormir? no, quieres no dormir? no” cuando se me despertó la mente con una idea que se mantuvo flagelando mi cerebro hasta que me dormí.

El universo funciona a base de pulsaciones.

Ya sé que no es nada original, pero es que ayer fue el primer y único día en que se me dio por pensar en ello.

Si nos fijamos en nosotros, animalillos, como nuestro corazón deje de pulsar la palmamos y nos convertimos en una masa gelatinosa bastante inútil. Tenemos el corazón ahí, pim! pam! dándole todo el día, y gracias a ello podemos hacer esas tareas que se nos dan tan bien a los seres humanos: ser una plaga para este planeta.

Los seres gatunos también tienen corazón, y los seres perrunos, ovejunos y vacunos. También les animan pulsaciones. Los bichos, los pájaros, las lombrices… el tic tac es incansable.

Y si bajamos de nivel también hay pulsaciones. Que las células se pasan el día procesando cosas. Que si ponme allí un oxígeno, que te lo cambio por CO2, que si me da la luz yo emito algo de corriente, que si me da algo de corriente me chamusco… todo es continuo tic tac incansable.

Si te fijas en el móvil que tienes cerca, ese ser inanimado pero probablemente dos o tres veces más inteligente que tú, funciona también por las pulsaciones que se producen en su batería. Esas reacciones químicas (que probablemente hace 20 años podría explicar pero que se me han olvidado y soy demasiado vago como para consultar la wikipedia) que se producen (misteriosamente) en el interior de esas cacho de plástico permiten que tengas una pantallita llena de iconos inútiles y pierdas el tiempo leyendo estupideces como esta.

El motor de un coche, que se mueve gracias a la pulsación continua de una chispa que prende la mezcla de combustible y aire, varias veces por segundo. Una bombilla, que recibe la corriente, después de pasar entre otras cosas por el contador de la luz (que se ha encarecido como un 200% en los últimos 2 años) que ha venido de una subestación que a su vez lo ha recibido de otra, y otra y otra hasta llegar al origen, que podría ser la pulsación rítmica de una turbina eólica (ja!), el flujo continuo de agua en una central hidroeléctrica, el bombardeo de un núcleo atómico en una central nuclear…

Que lo mires por donde lo mires si algo se mueve ha de estar pulsando rítmicamente.

También puede parecer que no se mueve pero sí lo hace. Este planeta (y otros) alrededor de un sol, alternando en un flujo día/noche que además permite la “pulsación” de las plantas que realizan la fotosíntesis. Las reacciones nucleares que se producen en el sol (y lo quieto que parece que está). Existen hasta objetos llamados púlsares, cuya única misión es emitir pulsaciones. Así de importantes son. A lo mejor funcionan a modo de metrónomo para el universo…

Bueno, el resumen es que todo funciona con pulsaciones, todo tiene un ritmo, y el ritmo y moverse molan 🙂

Si no te mueves estás muerto, como los partidos conservadores, por ejemplo. Si las cosas siguen igual vaya coñazo.

Y después de esta conclusión digna de un merecerse un OLA K ASE? TE ENDROGAS O KE ASE? me despido hasta la próxima paja mental.

 

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Tu “visión” me importa un pijo

No hay nada que me cabree más que un “emprendedor” hispañistaní. Tarde o temprano terminan hablando y comportándose como imbéciles.

Esta semana empezábamos bien, con un figura soltando una perla de sabiduría que bien le hace merecer un lugar en el Olimpo de los idiotas: “No quiero a alguien que llegue a las 9h y se vaya a las 18h”.

¡Ole tus huevos, machote!

Me pregunto en qué clase de probeta les incuban y con qué los alimentan. Podría ser que tuviesen un déficit de cariño en su infancia  y les haya conducido a una total falta de empatía y respeto hacia otras personas. O puede que lo hayan tenido todo desde el principio y se crean que el resto del mundo está para servirles. También podría suceder que fuesen todos hijos bastardos de Satanás, e indicios no faltan.

Me encanta criticar, pero también me gusta que se entienda mi punto de vista, porque no suelo hacer críticas gratuitas. Bueno, es mentira, a veces critico porque sí y porque me cae mal alguien, simplemente, o porque tengo ardor de estómago. Pero no es el caso, aquí voy a dar razones (muy obvias, por otro lado).

Pongámonos en el lugar de un trabajador, un asalariado. Se supone que recibe una cantidad de dinero por realizar un trabajo durante una serie de horas pactadas. A eso, señores emprendedores, se le suele llamar contrato. Y ese contrato ha de respetarse, no sólo porque está muy feo romper un pacto, sino porque es ilegal. Todavía se mantienen activas algunas leyes que impiden el esclavismo así que hasta la siguiente reforma laboral tendrán ustedes que aguantarse.

Esto de romper pactos está de moda, de todas formas. Ahora casi nadie respeta su palabra. Desde el simple “te llamo mañana” (y no vuelve a llamar) hasta una promesa electoral. Y total, no pasa nada, tan felices.

El problema es que se rompe únicamente en un sentido, normalmente es quien supuestamente tiene más poder el que lo rompe y deja con el culo al aire a su contraparte. Vamos es como si un presidente del gobierno tirase a la basura todo su programa electoral y se dedicase a hacer todo lo contrario a lo que prometió… no sé si ha pasado ya, es sólo un ejemplo que se me ha ocurrido.

El pacto es: yo te doy X euros y tú trabajas Y horas. Ni más, ni menos. Si pretendes que haga algo más, me das Z euros más. Si pretendes que vaya a trabajar con traje y corbata, me das Z euros más. Si quieres obligarme a guardar confidencialidad sobre lo que hago y no irme a la competencia me das Z euros más (hay muchos que se piensan que tienen que guardar confidencialidad, pero no hay ley que les obligue a ello).

Creo que no es difícil de entender, ¿no? Si no pagas el café, no te lo llevas; si no pagas al fontanero, te duchas con agua fría; si pagas por un 600, no pretendas llevarte un Audi. Nadie se extraña demasiado por este tipo de pactos, y cuando se rompen tienen sus consecuencias (por ejemplo, que te revienten la jeta).

Sin embargo la frecuencia con con la que los empresaurios rompen unilateralmente los pactos es abrumadora. Desde el típico jefe listillo que pretende que te quedes hasta más tarde, hasta los grandes estafadores que dejan 6, 9, 12 meses sin pagar las nóminas de sus trabajadores.

Ya hemos roto un pacto, pero hay otro caso: el del emprendedor entusiasta que quiere que todo el mundo comparta su visión, y lo haga gratis.

Vamos a ver, figura, esa idea feliz que has tenido, que has adaptado de la idea que un fulano ha tenido en EEUU, puede entusiasmarte un montón. Pero no puedes pretender que entusiasme a tus trabajadores, ellos no son tú, ni les gustan las mismas cosas que a ti. Además, les necesitas: tú no sabes hacerlo.

Si quieres que hagan algo, paga. Si no estás dispuesto a pagar… “el que propone, se la come”. Así de simple.

Me he encontrado cientos de veces a “jefes” emocionados con “su idea”, con la idea que iba a salvar el mundo, con la que iba a revolucionar el mundo de PONGA_AQUI_CUALQUIER_COSA. Desde el que había tenido una magnífica idea para crear el definitivo programa de contabilidad hasta el que poco más y pretende sustituir a la NASA a la hora de lanzar cohetes al espacio exterior.

Todos tienen una ideas magníficas que les harán millonarios, pero no tienen ni idea de cómo llevarlas a cabo. Por eso se ven obligados a contratar, y, una buena mayoría, pretende contratar a muy bajo precio. Buscad, buscad anuncios de “empresa lider en su sector” o de “el nuevo producto”. Preguntad sueldos…

Que no, emprendedores míos, que vuestra idea es muy bonita para vosotros pero muy pocos se van a entusiasmar como para querer currar gratis para vosotros, o más allá de las 18 horas a menos que reciban una parte del pastel. Metéoslo en la cabeza, que el “profit!” cuesta dinero.

Es que es de gilipollas el pretender lo contrario.

Voy a cerrar esta paja mental con una noticia de un emprendedor listillo y el orgullo que ha generado en sus empleados: El figura de Top Rural.

¿Dónde los fabricarán?

 

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