Lo primero es lo primero

Has contado cinco. No. Seis. Seis seres rabiosos que chasquean los dientes y se arrastran por la moqueta empapada en sangre de la oficina. Deambulan levantando la cabeza como si olisqueasen, aunque sabes que no hay aire implicado, no respiran; y lo sabes porque hace escasos diez minutos escapaste de un mordisco de uno de ellos y no te sirvió de mucho sujetarlo por el cuello e intentar estrangularlo.

Son torpes y se mueven despacio. Tropiezan, se caen, se levantan como niños aprendiendo a andar, y se vuelven a caer. Se arrastran aunque les falten las piernas o medio cuerpo, como la cosa que encontraste en el taller hace una hora y que casi te arranca una pierna. Tuviste suerte de que al “eso” se le hubieran quedado enganchadas las costillas en una rejilla del suelo. No tienen manos, son tenazas que se cierran y no sueltan hasta que les aplastas la cabeza y los dejas convertidos en una masa sanguinolenta de pelos, trozos de hueso y lo que quiera que hubiera dentro de la cabeza.

Y ahora estás encerrado y a oscuras en el archivo. Una puerta de madera y un pequeño cristal es toda tu protección. No resistirás si entran en tromba. Ya lo has visto. Parece que notan cuando hay alguien vivo cerca y se lanzan furiosos. Dudas que tengan buena vista porque esos ojos están blancos, vidriosos, como los de esas estatuas que no tienen iris ni pupilas. Oler ya sabes que no huelen así que debe ser algo más. Sí oyen porque cualquier ruido les hace saltar como resortes y giran la cabeza con la velocidad de un látigo.

Quietecito y calladito, respirando despacio, esperando que se alejen. Y lo van haciendo, poco a poco, tropezando y cayendo, levantándose, yendo en grupo como una jauría de perros salvajes, buscando algo que morder.

Muerden, arrancan carne, pelo, ropa y lo que encuentren, y siguen mordiendo y arrancando hasta que la presa muere. Pero no les has visto comer. Solo has visto cómo sus bocas se empapan de sangre, cómo arrancan extremidades con sus manos hasta que la víctima deja de moverse. Y después se van a buscar más.

Son como una plaga de langostas. Llegan en tromba, destrozan y siguen su camino. Si localizan a una presa van en grupo, descuartizan al o la pobre individuo/a y van a por el siguiente.

Y lo peor es que muchas de las presas recién muertas se levantan. Das fe de ello pues hasta las 5:30 de la madrugada el taller estaba lleno de personas, unos preparándose para acabar el turno y otros comenzando. A las 6 y un poco más la relación ya era de 50/50. A las 6 y media no quedaba nadie medianamente vivo en el taller, y entonces comenzaron a subir a las oficinas.

Fue providencial que tus intestinos recién cargados de café de máquina te llevasen a toda prisa al lavabo, aunque la verdad no pudiste estar tranquilo escuchando los gritos lejanos que superaban incluso el de las máquinas más ruidosas.

Prefieres no pensar en ello porque bastante suerte has tenido de poder bajar al campo de batalla del taller y subir más o menos ileso para esconderte valientemente en el archivo. Bueno, valientemente aprovechando que se estaban merendando a Fernando, el jefe de turno y a gatas, todo lo silenciosamente que pudiste, abriste la puerta y te escondiste dentro.

Son las 7 ya. En hora y media solo quedas vivo tú, o eso crees porque ya no escuchas gritos y parece que se van esas cosas.

Silencio. Las máquinas se han parado también. Solo se escucha un leve arrastrar de pies, de muchos pies, pero parece lejano. Al menos no hay nada a la vista. Sigues escuchando atentamente mientras el arrastrar se desvanece. Esperas, un poco más.

Con cuidado abres la puerta y sacas la cabeza mirando a uno y otro lado, buscando algún signo de… de vida no, de dientes o garras. Vacío, nada, solo mesas volcadas, monitores de ordenador por los suelos, alguien con un extintor empotrado en la cabeza (minifalda, tacones, camiseta de tirantes, restos de pelo rojo… en algún momento eso fue Pili, la comercial, una verdadera lástima). Ni rastro de los mordedores.

Sigilosamente, con la habilidad de un felino entrenado por los Navy Seals, intentando hacer el menor ruido posible echas a andar por el pasillo. Poco a poco, escuchando a cada paso, mirando en derredor, palpando con cuidado la pared para no tropezar y caerte llegas a tu objetivo: el baño.

Habrá comenzado el apocalipsis zombie pero lo primero es lo primero.

 

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