“Él”

Aviso: si te escandalizas con facilidad, mejor no leas ésto. Si vives en el mundo de la piruleta donde las cosas malas no le pasan a la gente “normal”, no leas ésto. Si te molestan las palabrotas, no leas ésto.

Y si detectas algún error en cuanto a manejo de armas, la culpa es de google y youtube.

 

El sabor de la sangre en su boca fue lo primero que notó. Intentó escupir, pero la mordaza que tenía en su boca se lo impidió. Después recibió el olor a plástico y a goma quemada, y poco después un dolor terrible en la mano izquierda seguido de otro dolor sordo en la frente.

Al abrir los ojos, aún con los ojos empañados, se encontró de frente con el dibujo de la tapicería de un coche y varios trozos de cristal. Y al alzar un poco la cabeza vio la ventanilla de un coche rota.

Y recordó de pronto los golpes con las puertas del coche, la sirena ¿de policía? que oía un poco lejos, su manos atadas a la espalda, derrapes, vueltas y un fuerte golpe que lo dejó inconsciente. Recordaba que eso sucedía cuando estaba ya anocheciendo y ahora no había ni una luz.

Sus manos ya no estaban atadas así que intentó incorporarse y se vió la mano izquierda, con los dedos meñique y anular doblados de una manera algo extraña, y dolorosa. También vio las marcas en sus muñecas de la brida que sujetaba sus manos, y medio escondida encontró la brida rota, supuso que por el golpe.

Estaba en el asiento trasero de un coche, un Seat, según el logotipo del volante. La puerta del conductor estaba abierta y había un pequeño reguero de sangre saliendo del coche. Al mirar hacia atrás vió un coche estrellado, con sirenas, y el letrero de “Guardia Civil” en medio de las dos luces azules, que todavía estaban encendidas, girando, intermitentes. PArecía que había alguien dentro.

El dolor en la mano izquierda era terrible, pero lo peor era el atontamiento que tenía y el asqueroso sabor a sangre de su boca. Más bien que mal consiguió bajarse la mordaza y escupió un calcetín ensangrentado que tenía en su boca junto con un diente que se había clavado en él. Con razón había sangre, pues cuando paso la lengua por sus dientes vio que le faltaba un colmillo.

Con cuidado abrió la puerta derecha y salió despacio del coche, apoyándose con cuidado y protegiendo su mano izquierda. Parecía que el dolor era un poco menos si la mantenía en cabestrillo; en cuanto la bajaba un poco le recorría una punzada de dolor desde la mano hasta la mandíbula, y le obligaba a apretar los dientes.

Al respirar un poco de aire fresco el atontamiento iba pasando, pero no el dolor de cabeza. Despacio, apoyándose en los coches fue hacia el coche de la Guardia Civil: había dos personas; una de ellas tenía el volante clavado en el estómago y la boca ensangrentada; la otra tenía un golpe muy feo en la frente, pero parecía respirar poco a poco.

No habían saltado los airbags. No sabía si el coche no tenía o era por el escaso mantenimiento de los coches, con tantos recortes era un milagro que los coches siguieran circulando.

Metió la mano por la ventanilla del pasajero y tocó con cuidado el cuello del agente, notando su pulso. Estaba vivo. Con cuidado, intentando no tropezar fue hacia la puerta del conductor e hizo lo mismo con el otro agente; también estaba vivo pero con muy poco pulso.

Respiró profundamente y recordó que él seguía allí, o muy cerca. El mismo que le había golpeado, maniatado y metido en el asiento trasero de un coche. También era el mismo que le había obligado a mirar mientras usaba un cuchillo con su hija y hacía algo peor con su esposa, esa misma mañana, hacía un rato.

Abrió la puerta del conductor del coche de la guardia civil y rebuscó en el cinturón del agente hasta encontrar la cartuchera con su arma y la sacó con cuidado. Era un trozo de metal algo pesado. Siempre había creído que las armas eran ligeras, como en las películas, pero aquello era un trozo de hierro que pesaba lo suyo si lo mantenía en alto.

No se sentía muy seguro porque nunca había manejado un arma. Las escopetas de aire comprimido suponía que no contarían como arma, aunque quizaś los pájaros y las ranas no opinasen lo mismo.

Recordaba algo sobre el seguro y la munición así que buscó palanquitas y botones y comenzó a pulsarlos uno a uno. El primero hizo que se cayera el cargador al suelo. Lo recogió, lo volvió a meter en la empuñadura del arma hasta el final y oyó un click.

En las películas también recordaba que echaban hacia atrás la parte de arriba de la pistola así que con la dolorida mano izquierda tiró con fuerza y desplazó la parte de arriba del arma, y al llevarla de nuevo con cuidado hacia adelante oyó otro click.

La última palanquita debía ser el seguro, pero lo dejó puesto, no era cuestión de volarse un pie, o la cabeza.

Se le iba despejando la cabeza y podía comenzar a pensar. “Él” estaba por allí e iba a escaparse, pero estaba herido y no podría ir muy lejos. El rastro de sangre era débil, unas gotas, pero continuo. Había muy poca luz, pero algo de luna, y eso permitía ver si se ponía cuidado.

Comenzó a buscar las gotas de sangre, despacio, y poniendo atención a los ruidos. Seguían un camino casi recto entre la hierba. La sangre casi brillaba con la escasa luz de la luna.

Se oía el gorjeo de un río, no demasiado lejos. Y también se veía una forma, a unos 300 metros. Unas piedras amontonadas, que parecían restos de algo; quizás un viejo molino, o un lavadero.

Caminó despacio, intentando hacer poco ruido. Las gotas de sangre escaseaban, pero se dirigían hacia el montón de piedras que_quizás_fuesen_un_viejo_molino. Siguió el rastro.

Al llegar se dió cuenta de que era como una vieja casa de piedra. Tenía un poco de techo, de viejas tejas curvas, pero medio hundido, y había un hueco que debía ser la puerta.

Un pequeño charco de sangre brillaba en el suelo de la puerta. Era muy probable que “él” estuviese dentro.

Con cuidado pasó el arma por la puerta y él fue detrás, apuntando delante. Y lo vio.

Ahí estaba “él”, sentado en el suelo y apoyándose en la pared. Con su mano izquierda se sujetaba el cuello. Con su mano derecha sujetaba un cuchillo de carnicero, gigante, y afilado; era el mismo cuchillo que había rebanado la garganta de su esposa esa mañana.

“Él” abrió los ojos y le vio en la entrada empuñando el arma y apuntándole. Tenía una sonrisilla en la cara, como de burla, y habló.

  • Podrías ayudarme, ¿no? busca un trapo o algo, que tengo una herida muy fea.

Apretó los dientes y tiró del gatillo del arma, pero estaba duro como una piedra.

¡El seguro! Se había olvidado de la palanquita.

“Él” vio sus intenciones y comenzó a levantarse empuñando el cuchillo.

Casi no le dio tiempo a quitar el seguro, fue todo uno, movió la palanquita, tiró del gatillo y se escuchó una detonación y casi se le cae el arma de las manos.

  • ¡Hijo de puta! – gritó “él” mientras caía al suelo doblando una rodilla.

Estaba apuntando al suelo cuando disparó, ya fue casualidad que la bala le volase la rodilla.

Olía un poco a hueso quemado, como en la consulta de un dentista, y a humo, a humo de petardo. Le hacía picar un poco la nariz.

  • Pedazo de cabrón! Estoy herido, llama a una ambulancia – dijo “él” tirado en el suelo, todavía con el cuchillo en la mano.

Apuntó con su arma otra vez, al cuchillo, y agarrando la pistola con fuerza tiró del gatillo otra vez, y falló. Volvió a disparar y esta vez sí, una bala le atravesó la mano a “él”, que soltó el cuchillo.

  • Me cago en todos tus muertos cabrón! ¿Vas a matarme o qué? Hijo de las mil putas, esto duele de cojones! – dijo él con lágrimas en los ojos. Y poco a poco se iba arrastrando hasta la pared, y seguía sujetando la herida su cuello.

En algún sitio había leído que si te cortaban la yugular durabas minutos, pero este tío parecía duro. Su herida del cuello seguía goteando y “él” seguía maldiciendo.

  • ¿Por qué lo hiciste, cabrón? – le preguntó mientras todavía le apuntaba con su arma – ¿Quién coño eres?

“Él” enseñó una sonrisa. No era diabólica, no, era algo más, era la sonrisa de una alimaña, que parecía estar recreándose en algún momento divertido.

No dijo nada, solo reía entre dientes y le miraba. Poco a poco esa risa se convirtió en una risa completa, de locura, con estertores, y con una ataque de tos. “Él” lloraba de la risa.

  • Me gustó mucho tu putita, ¿sabes? – dijo, todavía entre risas – me gustó un huevo correrme en su culo mientras le cortaba el cuello. Todavía me escuece de lo apretado que estaba su culito. Pringao! Imbécil!

Se quedó paralizado al oir aquello, pero le duró poco. Con todas sus fuerzas le lanzó una patada en la boca y la cabeza de “él” golpeó la pared.

“Él” escupió sangre y algo blanco que debían ser dientes, pero no se calló.

  • La niña… casi me meo del descojone cuando su cabeza hizo “clonk”. ¿Te acuerdas, pedazo de mierda? ¿Recuerdas cómo la agarré de las patitas y la golpeé contra la pared? Ya estaba muerta cuando la rebané. Fue una pena porque yo no me follo muertos, solo me corro en ellos.

La imagen de su hija le vino a la mente, gritando, un solo grito (“papi!”) y el ruido sordo de su cabeza en la pared. Y él impotente atado en una silla, amordazado, llorando, con su corazón a punto de estallar.

Y su esposa, cuando “él” la puso a cuatro patas y como una bestia la penetró… sus gritos, de dolor, y la música a todo volumen tapando todo el ruido. El olor a sangre, las lágrimas cayendo por sus mejillas, el cuchillo.

No pudo aguantar más, volvió a apuntar su arma.

  • Capullo! Nenaza! Te crees especial o qué? Tus putas no valían nada, eran solo dos más, dos zorras más para jugar. Imbécil! Cagao! Te gustó mirar? Se te puso dura?

Disparó una vez, y le voló los cojones. Estaba a medio metro así que no podía fallar.

  • ¡Me cago en tu puta madreeeee!

Disparó otra vez, y otra, y otra, 4, 5.. 9, 10 y ya no salió nada más del arma.

Le dolía la mano y tenía un moratón; estaba jadeando, llorando, sudando.

Y la mala bestia estaba apoyada en la pared, con el cuerpo lleno de manchas rojas, de agujeros, pero seguía gruñendo.

Buscó a su alrededor y encontró una piedra grande. Era pesada, y tuvo que usar todas sus fuerzas para levantarla y aplastarle la cabeza a la mala bestia.

Sonó un crujido, pero le dio igual, volvió a levantarla y otra vez la aplastó sobre su cabeza, y otra y otra, hasta que ya, cansado, se dejó caer al suelo.

La cabeza de “él” era una masa de huesos, sangre y pelo. Estaba quieto, ya no hablaba por fin.

Se levantó poco a poco y vio que su ropa estaba llena de sangre, así que se desnudó y se quedó solo en calzoncillos. Recogió el arma y la ropa y salió del “molino”, yendo hacia el río.

Primero lanzó el arma bien lejos al fondo del río. Luego envolvió la ropa en una piedra y las lanzó todo lo lejos que pudo también. Después se lavó las manos.

Caminó poco a poco de vuelta a los coches, con las piedrecitas pinchándole los pies descalzos, e iba llorando.

Al llegar a los coches recogió el calcetín del asiento trasero del Seat y se lo metió en la boca, y se subió el pañuelo de su mordaza. Se tumbó en el asiento trasero del coche y dejó sus manos a la espalda.

Cerró los ojos mientras escuchaba sirenas a lo lejos, y se durmió.

Llorando.

 

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